Cultura

El Museo del Prado dedica una exposición a la escultura del Siglo de Oro

Madrid
SERVIMEDIA

El Museo del Prado acoge entre este martes y el próximo 2 de marzo ‘Darse la mano. Escultura y color en el Siglo de Oro’, una muestra que reflexiona sobre el éxito de la escultura policromada barroca y su complementariedad con la pintura.

La exposición acoge casi un centenar de esculturas de grandes maestros como Gaspar Becerra, Alonso Berruguete, Gregorio Fernández, Damián Forment, Juan de Juni, Francisco Salzillo, Juan Martínez Montañés o Luisa Roldán junto a pinturas y grabados que, en una suerte de juego de espejos, las emulan o reproducen, según informó la pinacoteca.

Comisariada por el jefe del Departamento de Escultura del Prado, Manuel Arias, la muestra, que incluye piezas clásicas que testimonian la importancia del color en la escultura desde la Antigüedad, “reivindica la importancia de la escultura policromada para una comprensión integral del arte español”.

‘Darse la mano. Escultura y color en el Siglo de Oro’ presenta por primera vez al público varias obras recientemente adquiridas por el Prado: ‘Buen y Mal ladrón’, de Alonso Berruguete; ‘San Juan Bautista’, de Juan de Mesa; y ‘José de Arimatea y Nicodemo’, pertenecientes a un ‘Descendimiento’ castellano bajomedieval.

El Prado apuntó que la singularidad que alcanzó en la Edad Moderna la síntesis de volumen y el color en la escultura “sólo se explica por el papel que desempeñó como instrumento de persuasión”.

Añadió que desde el mundo grecolatino “la representación escultórica se entendió como una necesidad irrenunciable” y reseñó que “la divinidad se hacía presente a través de su imagen corpórea, protectora y sanadora, que aumentaba su veracidad cuando se cubría de color, atributo esencial de la vida frente a la palidez inanimada de la muerte”.

A su vez, la escultura sagrada contó con connotaciones sobrenaturales desde el momento de su ejecución, asociándose a “prodigios e intervenciones divinas, con talleres angélicos o con artífices que debían ponerse en una buena disposición moral para llevar a cabo una tarea que excedía el mero ejercicio artístico, pues lo que se alumbraba era en última instancia un remedo de lo divino”.

Con este contexto, la exposición analiza “el fenómeno y el éxito de la escultura policromada, que inundó iglesias y conventos en el siglo XVII y que jugó un papel fundamental como apoyo en la predicación”.

También expuso que “la estrecha y perfecta colaboración entre escultores y pintores nos habla del elevado valor del color, que lejos de ser un mero acabado superficial de la pieza, era una

El Prado comentó que el color se convirtió en un factor que “contribuyó de manera decisiva a acentuar los valores dramáticos de estas creaciones, tanto las destinadas a los retablos como a los pasos procesionales” y añadió que “la gestualidad teatral, unida a la vistosidad de los ropajes, ya fueran esculpidos, de telas encoladas o de textiles reales, convirtieron estos conjuntos en unidades escénicas llenas de significados”.

Por último, ‘Darse la mano. Escultura y color en el Siglo de Oro’ aborda otros ejemplos de interrelación de las artes vinculados a la escultura policromada: estampas que ayudaron a difundir las devociones más populares, los velos de Pasión que fingían retablos o las pinturas que reproducían con fidelidad las imágenes escultóricas en sus altares.

(SERVIMEDIA)
19 Nov 2024
MST/gja/clc